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La razón frente al corazón
La razón frente al corazón
Por: Juan Pablo Campoverde / tomebambadeportiva@hotmail.com
Es fácil hablar denodadamente, sin argumentos y con la euforia generada por el corazón. Para el periodista se vuelve indispensable que la razón aflore al momento de valorar, comentar o analizar cualquier hecho o acontecimiento.
En varios ámbitos como en el deporte, específicamente en el fútbol, se torna indispensable emitir los conceptos con mesura y sin apresuramientos. Apasionados como somos, creemos que al cumplir el rol de comunicadores lo hacemos totalmente conscientes que nuestras opiniones están alejadas del sentimiento, gusto o simpatía por un equipo.
Este es el caso de lo que ocurrió a principios de este 2009. Cuando Deportivo Cuenca trataba de estructurarse con los escasos recursos que poseía (y los sigue teniendo), no faltó alguien a nivel local y nacional que censuró al equipo y se adelantó en darle los “santos óleos” a este club.
Claro está que, en la teoría, el argumento fue sostenible hasta cierto punto. Se enfatizaba en que un equipo, con presupuesto limitado ($ 1.500.000 al año), con una base de jugadores nóveles y sin experiencia, tan solo lo que aspiraba era mantener la categoría.
Recuerdo a un colega guayaquileño que labora en un canal nacional y que es de propiedad del Estado que manifestó: “El Cuenca se apresta a jugar su primer partido de Copa Libertadores en la etapa de repechajes, frente al Deportivo Anzoátegui. No esperemos mayor cosa de este cuadro ecuatoriano, porque no tiene equipo para llegar a mayores instancias”.
Este y varios comentarios de diferentes personas nos hacían reflexionar sobre la responsabilidad de nuestras palabras. ¿Hasta qué punto podemos ser más “papistas” que el Papa o creernos dueños de la verdad absoluta? Si bien es cierto, las condiciones no se reflejaban como las idóneas para encarar un certamen como la Libertadores, sin embargo se desconocía la raíz de este plantel.
Un equipo estructurado a base de la carencia económica, con jugadores que formó en sus divisiones menores. Matamoros, Preciado, Granda, Paredes, Cordero y después Narváez, se convirtieron en elementos desequilibrantes en cada partido.

Así, el Cuenca fue el único equipo ecuatoriano que avanzó a los octavos de final de la Libertadores 2009. Recuerdo que redactamos un artículo en julio de este año (“Resbalón no es caída”) y realizamos un balance de lo que, según nuestro punto de vista, fue la participación del cuadro cuencano en el primer semestre del año.
En este artículo, tratamos de analizar fríamente las cosas, resaltamos los puntos positivos del Cuenca, establecimos las flaquezas que generaron falencias en el rendimiento del equipo y las correcciones que, a nuestro modesto criterio, debían realizarse para mejorar en el certamen.
Aquellos conceptos procuraban orientar a la opinión pública, sobre todo a los hinchas de Deportivo Cuenca, para que no se pierda la fe y la esperanza en el plantel cuencano. Textualmente decíamos: “Estamos seguros que el equipo se levantará ofensivamente en la segunda etapa. Si los nuevos contratados responden (Dreer y Ianiero), ya no se perderán fácilmente los cotejos. Los resultados llegarán y la calma retornará al club”.
Ha pasado el tiempo y casi no nos hemos equivocado. Incluso, el equipo azuayo fue más allá de las expectativas. Clasificó a la etapa de cuadrangulares y ha obtenido el ciento por ciento de los puntos, que le llevó a la final del campeonato nacional, tras derrotar dentro y fuera de casa a Emelec, Olmedo y Espoli.

La campaña perfecta, aunque muchos “sufridores” (entiéndase periodistas e hinchas porteños) no acepten su derrota moral y no quieran tragarse sus palabras. Ahora pretenden hacerle creer al hincha lo que no es natural, objetivo y real. Sin embargo, para ellos, para quienes no creyeron, el técnico cuencano Paúl Vélez les dedicó la clasificación a la gran final del certamen.
Para los hinchas, la campaña del Cuenca significó una muestra de coraje, sencillez y grandeza, actitudes propiciadas por los jugadores, encabezados por su capitán Giancarlo Ramos. Una demostración reiterada que la fe es lo último que se pierde.
Para nosotros, una prueba más que el apresuramiento nunca es buen consejero del periodista. Que la mesura es la aliada del buen criterio. Que la tranquilidad genera confianza en el lector y el oyente. En tan poco tiempo, hemos aprendido que el corazón de un comunicador jamás estará por encima de la razón.