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Las convicciones
Son base de pasiones, son motivo de la vida, son necesarias, son la base de nuestra propia personalidad, son nuestra personalidad misma, son la conformidad con nuestra existencia.

Sin embargo, nunca debemos sentirnos libres de pensar que, incluso aquello que más nos calienta el corazón, no necesariamente sea lo más agradable; o, acaso sea ofensivo mismo para otros seres humanos.

Las maravillas de las posibilidades de la conducta humana radican en que esas convicciones pueden ser sabiamente manejadas de tal forma que, sin dejar de ser la base del alma de alguien en particular, en paz, se “ecualicen”. El resultado es que ante las personas con las que nos relacionamos diariamente, no terminen siendo nada más que formas respetables de ver la vida.

Cuando las convicciones de una persona respeten la libertad y las convicciones de los demás, son dignas de mirarse. Mi amigo Tato tiene, sobre estas cosas, una frase que es el compendio del ecumenismo del siglo veintiuno: “mientras sea fairplay”.

Asimismo, no se puede estar indiferente cuando alrededor nuestro elementales reglas del “fairplay” son violentadas. De esto un par ejemplos: Fumigar a la oposición a balazo limpio, como en Libia; o, haber quebrado la paz social a fuer de un discurso presidencial impactantemente violento, como en Ecuador.

Las convicciones deben ser motivo y vitamina para mejorar la vida de uno y a partir de ello, la de todos. Hay convicciones indignas que comportan alguna violación al juego limpio y que pretenden pasar por buenas... esas deben ser señaladas siempre, incluso a riesgo de ser “mal vistos”. Tampoco la indiferencia y la pasividad son buenas; eso es jugar a "la paz dopada".