Sevilla de Oro, epicentro de pandemia

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Aislados hace 18 días, con limitado acceso a mascarillas, restricción total de movilización y dependiendo de lo que abastezcan sus huertos y animales para comer, unas 200 personas de dos comunidades esperan bajo candado el fin de la pandemia.
El paso hacia La Unión y Cayguas, comunidades ubicadas entre Sevilla de Oro y el límite provincial del Azuay, tiene un control estricto que incluye la desinfección total de vehículos, el registro de los nombres y placas, y un tiempo limitado de visita. Es el cerco hacia la zona cero.
En estos dos sectores, según el Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (INEC) viven unas 650 personas, de ellas, al menos 200, esto es más del 30 % de la población, están en un cerco epidemiológico.

Mónica Hoyos, jefe político del cantón, explica que siete personas han dado positivo para COVID-19 y estas tuvieron contacto directo con unas 90 personas más entre familiares y allegados, quienes a su vez pudieron haber infectado a unas 200 personas.
Las autoridades locales desconocen el número de pruebas efectuadas exclusivamente a la población de Sevilla de Oro, pero a nivel del Azuay, de acuerdo con el último informe del COE Nacional, se han hecho no más de 700 exámenes en los 15 cantones, incluyendo a Cuenca.

La mayoría de infectados tienen su domicilio en Guayaquil, pero son nativos de Sevilla de Oro. Julio Molina, coordinador para la Salud, mantiene la hipótesis de que los casos son importados y pertenecen a la provincia del Guayas. Pero para quienes viven en La Unión y Cayguas la pandemia no está en otra provincia, está cruzando la calle y temen por su salud, su economía y por sus propias vidas.

Encierro
El caos empezó por obra y gracia de un culto de la iglesia evangélica “Peniel”. Molina indica que la congregación efectuó una ceremonia religiosa en la que involuntariamente los fieles resultaron contagiados con coronavirus, esto fue en la comunidad de La Unión.
En la iglesia, siete personas aún permanecen aisladas bajo sospecha de coronavirus, indica Hoyos. Médicos visitan a diario el templo para verificar que quienes allí se refugian continúen con la bendición de estar vivos.
Frente a la iglesia un vecino observa detrás de una malla metálica la visita médica. “Yo me siento bien pero no me atrevo ni a cruzar la calle”, afirma el adulto mayor. Su miedo es el de todo el cantón.

En Cayguas una visita familiar provocó que el coronavirus se convierta en un candado. El sitio, ubicado al pie de la vía Paute-Guarumales-Méndez, está totalmente aislado y los sospechosos de contagios están prohibidos de salir incluso a la tienda.
“Carlos” (nombre protegido), cuenta que llegó desde el Guasmo Norte de Guayaquil huyendo de la pandemia, sin la menor idea de que sus vecinos en Sevilla de Oro, a 275 kilómetros, también tenían la enfermedad.

“Nosotros nos sentimos bien, no presentamos síntomas pero tenemos hambre, tenemos necesidad de vender nuestros productos, de ir a la tienda, de abastecernos”, expresa Carlos mientras muestra el doble candado colocado que colocó en la puerta de su casa para evitar la salida de los más pequeños.

A pocos metros de allí, “José” espera el paso de ayuda humanitaria apoyado en una malla metálica. La mascarilla que tiene y debe usarse por máximo cuatro horas ya le ha durado 21 días, la comida se acaba pues la última vez que llegó un kit fue hace dos semanas y “adentro todo falta”.

Ayer se entregaron alimentos e insumos por parte de la Alcaldía de Sevilla de Oro a las familias afectadas, pero Hoyos señala que todo es poco para la emergencia sanitaria en uno de los cantones más alejados de la provincia y con pocos recursos para hacer frente a la pandemia.

Ellos han habilitado la cuenta de ahorros 2443707, de la cooperativa Jardín Azuayo, a nombre del COE Cantonal de Sevilla de Oro para recibir donaciones que permitan mantener los cercos y brindar ayuda a los aislados.
Saben que pese a los 21 días que llevan aislados la pandemia no ha dado tregua, ayer una persona del cerco presentó síntomas y a pesar de los controles, entre los pobladores de las alejadas comunidades el temor es el pan de cada día.

Fuente: El Mercurio