El aislamiento para frenar al COVID-19 hace que la Tierra vibre un poco menos

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Más de 3380 millones de personas en casi 80 países o territorios están confinadas en sus casas, por decreto o voluntariamente, para luchar contra la COVID-19. Esta cifra representa a alrededor del 43 % de la población mundial, que la ONU estima en 7790 millones de personas en 2020. Más de 1 millón de personas ya se han contagiado y 54 000 pacientes han fallecido; además, la economías está siendo seriamente afectada. Pero, por otra parte, las acciones para frenar el virus podrían significar que el planeta se está moviendo menos.

Investigadores que estudian el movimiento de la Tierra informan una caída en el ruido sísmico, el zumbido de las vibraciones en la corteza del planeta, que podría ser el resultado de la desconexión de las redes de transporte y otras actividades humanas, según detalla el portal Nature.

Esta situación de menos actividad humana podría permitir a los detectores registrar sismos más pequeños y aumentar los esfuerzos para monitorear la actividad volcánica y otros eventos sísmicos. Una reducción de ruido de esta magnitud generalmente solo se experimenta brevemente alrededor de Navidad, asegura Thomas Lecocq, un sismólogo del Observatorio Real de Bélgica en Bruselas, donde se observó la caída.

El portal indica que así como los eventos naturales como los terremotos hacen que la corteza terrestre se mueva, también lo hacen las vibraciones causadas por vehículos en movimiento y maquinaria industrial. Y aunque los efectos de las fuentes individuales pueden ser pequeños, juntos producen ruido de fondo, lo que reduce la capacidad de los sismólogos para detectar otras señales que ocurren en la misma frecuencia.

El ruido sísmico inducido por los humanos cayó en aproximadamente un tercio en estos tiempos, dice Lecocq. Las medidas incluyeron el cierre de escuelas, restaurantes y otros lugares públicos a partir del 14 de marzo, y la prohibición de todos los viajes no esenciales a partir del 18 de marzo.

La caída del ruido también podría beneficiar a los sismólogos que usan vibraciones de fondo naturales, como las de las olas oceánicas, para sondear la corteza terrestre. Debido a que la actividad volcánica y los cambios en las capas freáticas afectan la rapidez con la que viajan estas ondas naturales, los científicos pueden estudiar estos eventos al monitorear cuánto tarda una onda en llegar a un detector determinado.

Algunas estaciones, sin embargo, se encuentran a grandes profundidades, por lo que allí los cambios serían mínimos o ninguno.

Fuente: El Universo